Walfraud Wagner


Para cuatro enfermeras, matar fue un pasatiempo nocturno. Un periodista austriaco señaló que las asistentes se despertaron entre sí sus instintos sádicos, convirtiendo una sala de hospital en un campo de concentración. El sufrimiento de los pacientes terminales pasó a segundo plano. Ahora sobraban pretextos para acabar con la vida de los pacientes





Cuando tenía 24 años, Waltraud Wagner entró a trabajar como enfermera asistente al Hospital General de Lainz, donde la asignaron al Pabellón 5, un área especial para pacientes con enfermedades terminales. A Wagner le sentó bien el lugar, tanto que invitó a tres amigas suyas a que se incorporaran a las labores nocturnas del sanatorio: Maria Gruber, que había desertado de la escuela de enfermería y era madre soltera; Irene Leidolf, quien estaba casada, pero cuyo marido se especializaba en acostarse con mujeres jóvenes; y Stephanija Mayer, una abuela divorciada que había emigrado de Yugoslavia en 1987.





Las cuatro mujeres, cuatro enfermeras, conformaron un equipo de homicidas peculiar, quizá sin antecedentes en los anales del asesinato serial del mundo.








De acuerdo con el testimonio de Wagner, ella había estudiado enfermería porque deseaba ayudar a la gente, evitarle el sufrimiento, hacer que se sintiera bien. Sin embargo, en el Pabellón 5 del Hospital Lainz sólo había sufrimiento. Las personas le rogaban que hiciera algo para darles un poco de paz.





Finalmente, en 1983 una mujer de 77 años pidió a Wagner que acabara con la miseria de su vida. La enfermera le administró una dosis letal de morfina. El rictus de dolor en el rostro de la enferma cambió por una expresión de serenidad antes de morir.




En las semanas siguientes, Waltraud Wagner tuvo miedo por lo que había hecho. Pensaba que en cualquier momento la descubrirían. Pero no, los días transcurrieron y del temor pasó a la calma al recordar la expresión de serenidad de la anciana.





Después de aplicar su fórmula mortal en otras enfermas, Wagner decidió que el llamado era demasiado grande como para atenderlo ella sola. Decidió crecer el equipo, reclutando a tres colegas.





Con la experiencia adquirida en el trabajo de campo, Wagner instruyó a sus discípulas. Les enseñó los secretos de una dosis letal de morfina y la forma en que una “cura de agua” puede terminar con el sufrimiento de un enfermo terminal.





La “cura de agua” en realidad es un eufemismo utilizado para describir el consabido método de introducir agua por la garganta de una persona, mientras se le aprieta la nariz y se le sostiene la barbilla. En un hospital en el que con frecuencia los pacientes ancianos mueren con líquido en los pulmones, la “cura de agua” pasó desapercibida por mucho tiempo.





Para las fabulosas cuatro matar se convirtió en un pasatiempo nocturno. Un periodista austriaco señaló que las enfermeras se despertaron entre sí sus instintos sádicos, al grado de convertir una sala de hospital en un campo de concentración. El sufrimiento de los pacientes terminales pasó a segundo plano. Ahora se inventaban pretextos para acabar con la vida de los pacientes.





Crearon un sistema de castigos para los pacientes “molestos”. Sin un enfermo causaba una molestia hoy, era asesinado la noche siguiente. Entre las “molestias” que se sancionaban estaban: roncar, ensuciar las sábanas, rechazar los medicamentos o tocar el timbre para llamar a la enfermera.





Aunque la gran cantidad de muertes llamó la atención de autoridades hospitalarias y policiacas, no había sido posible fincar responsabilidad alguna en las enfermeras.





La soberbia cumplió su parte. Una noche, mientras cenaban en una taberna local, la plática acerca de su asesinato más reciente fue escuchada por un comensal.





Las enfermeras confesaron 49 homicidios, aunque las autoridades especulan que la cantidad real sobrepasa los 200.


































Waltraud Wagner fue condenada a prisión de por vida por 15 asesinatos y 17 intentos de homicidio. Irene Leidolf recibió la misma condena, pero por cinco homicidios. Las dos enfermeras restantes recibieron una condena de 15 años de prisión.

Magdalena Solís - La Gran Sacerdotisa de la Sangre

“La Gran Sacerdotisa de la Sangre”, como apodaron a Magdalena Solís, fue una asesina en serie mexicana que, a medida que sumaba víctimas, ses crímenes subían el nivel de brutalidad.

Nació entre 1933 ó 1945, en Tamaulipas, México, en un contexto de miseria extrema y en el seno de una familia completamente disfuncional. Probablemente esta situación fue una aliciente que la llevó a la prostitución desde la niñez, con el respaldo y el amparo de su hermano Eleazar Solís que operaba como su proxeneta.


Sin embargo y luego de un tiempo, ambos abandonaron al mismo tiempo el negocio carnal para unirse a la secta Santos y Cayetano Hernández, en 1963. Un cambio de rumbo que significó la maldición para los habitantes de un pueblo aislado.


Los hermanos Santos y Cayetano eran delincuentes y estafadores que llegaron a una pequeña comunidad rezagada al norte de México, conocida como Yerba Buena, para vender muy eficientemente una mentira que envolvió a los pueblerinos hasta convertirlos en súbditos, generando así suculentas ganancias usando el fervor religioso.


Estos hermanos de mala vida consiguieron ser reconocidos por los lugareños como profetas y altos sacerdotes designados por los dioses Incas, aunque sus postulados no correspondían a creencias autóctonas.


La promesa de compartir supuestos tesoros ocultos en las cuevas de las montañas que bordeaban al pueblecito, a cambio de ser adorados y diezmados, hizo de esta secta un negocio más que rentable para estos criminales y también lo parecía para los creyentes los que, incluso, llegaron a servir como esclavos sexuales, participando en orgías para que las deidades Incas les otorgaran buenaventura.


Sin embargo, pronto los habitantes comenzaron caer en la desesperación al no recibir la riqueza prometida. Fue en ese contexto cuando la dupla de criminales reclutó a Magdalena y Eleazar, durante un viaje que realizaron a Monterrey en busca de prostitutas que sirvieran para preparar una coartada que evitara el descubrimiento de la gran estafa.


Los hermanos presentaron a Magdalena en Yerba Buena como la reencarnación de la diosa Azteca Coatlicue, sin imaginar que este falso rol iba a generar en ella una terrible psicosis teológica, que la llevó a tomar el liderazgo religioso y, con ello, a desencadenar una de las matanzas más grotescas de las que el ser humano haya podido documentarse.


Su delirio de grandeza, mezclado con su acentuada perversión sexual, la llevaron rápidamente a aburrirse de los simples rituales con orgías y decidió conducir al culto al siguiente nivel: los sacrificios humanos.


Excitada, luego de orquestar sus dos primeros asesinatos que se produjeron por linchamiento de fieles que eran opositores a la toma de posesión de la Gran Sacerdotisa de la Sangre.

Imponer su autoridad dentro de la secta despertó en ella un apetito insaciable de muerte, y se valió de su autoridad para cometer actos religiosos mucho más perversos que los de sus antecesores.

Las matanzas se produjeron mayormente entre desertores. No había forma de que pudieran librarse de la secta, y aquellos que lo intentaron fueron maniatados, golpeados brutalmente, cortados y quemados por todos los miembros del culto.


Incluso llegaron al extremo de sacar sus corazones mientras se encontraban con vida.

Como si no fuera suficiente tanta brutalidad, Magdalena ordenaba desangrarlos hasta la muerte para consumir todo el fluido en una copa, tal y como una vampiresa real. Pues como la mitología Azteca manifiesta: la sangre es el único alimento decente para los dioses, ya que preserva su inmortalidad.


La matanza duró seis semanas consecutivas, sin que nadie se pudiera imaginar lo que estaba sucediendo en el interior de la cueva donde cursaban los sacrificios.


Hasta que finalmente en mayo de 1963, Sebastián Guerrero, un niño de 14 años, sigilosamente presenció uno de los rituales y realizó una denuncia en la estación policial más cercana.

Luis Martínez fue quien se tomó seriamente el testimonio del menor y se dirigió con el pequeño al lugar donde presenció el festín sangriento. Lamentablemente, a partir de ese día nadie los volvió a ver con vida.


Sin embargo, la desaparición del chico y del oficial dio paso a que las autoridades locales, junto a la armada, dieran con el paradero y posteriormente arrestaran a Magdalena y Eleazar.

En el procedimiento policial, Santos Hernández recibió un disparo letal por resistirse al arresto y su hermano Cayetano Hernández había sido asesinado tiempo antes por Jesús Rubio, un integrante de la secta que aspiraba a ser un alto sacerdote.


En la escena del crimen encontraron los cuerpos desmembrados de Guerrero y Martínez, y los de seis personas más en lugares aledaños a la cueva.


Con la crueldad de Magdalena, la vampiresa real mexicana, la cantidad de homicidios seguramente hubiese sido muchísimo mayor de no ser por el pequeño héroe Sebastían Guerrero, que tristemente su acto de valentía le costó la vida.

15 Asesinos seriales latinos que probablemente NO conocías

Parecen películas de terror, pero son hechos sangrientos de la vida real que crearon pánico en la sociedad latinoamericana, se llevaron la vida de muchos inocentes y crearon traumas difíciles de olvidar, y aunque no lo creas ocurrieron en latinoamerica, echa un vistazo a continuación:


1. “El vampiro argentino” — Florencio Fernández.

País: Argentina.

Florencio fue un enfermo mental y criminal sexual que, en la década de los 50, sufría de delirios los cuales le hacían creer que era un vampiro. Este pensamiento le llevó a asesinar a 15 mujeres succionándoles la yugular a mordiscos. Se dice que el beber sangre le provocaba orgasmos. Su modus operandi consistía en seguir a las víctimas para luego entrar a sus casas, a través de las ventanas, cuando estaban solas.

Fue detenido en febrero de 1960 a la edad de 25 años, mientras vivía en una cueva oscura ya que sufría de fotofobia. Murió un año más tarde en una institución psiquiátrica.


2. “La Gran Sacerdotisa de la Sangre” — Magdalena Solís.

País: México.

Se trató de una asesina en serie, fanática religiosa, líder de una secta y criminal sexual, responsable de ocho asesinatos confirmados. Mataba a los miembros disidentes de su culto por medio de sacrificios en los que eran brutalmente golpeados y mutilados. Luego, procedía a extirpar los corazones de sus víctimas y a beber la sangre de las mismas.

Magdalena había sido nombrada dentro de la secta como la reencarnación de una diosa azteca llamada Coatlicue.


3. “El Psicópata de Alto Hospicio” — Julio Pérez Silva.

País: Chile.

Julio es un criminal sexual quien entre los años 1998 y 2001, mientras trabajaba como taxista, interceptaba a jóvenes menores de edad. Su modus operandi consistía en llevar a sus víctimas donde quisieran gratuitamente y luego las violaba, asesinaba con golpes en la cabeza y lanzaba sus cuerpos en piques mineros. Mató a 15 mujeres, y se considera sospechoso de la desaparición de cinco.

Fue condenado a cadena perpetua y actualmente es vigilado las 24 horas del día tras haber intentado suicidarse en su celda.


4. Monstruo de los Andes — Pedro Alonso López.

País: Colombia.

Se trata de un pedófilo y estrangulador quien tras haber sido capturado confesó ser el responsable de la muerte de aproximadamente 350 niñas entre Perú, Colombia y Ecuador. Fue detenido en 1980 tras cumplir una breve condena de 13 años de prisión, salió libre en 1993.

Lo más terrible de la historia es que desde que salió en libertad se desconoce su paradero, sin embargo, estas fueron algunas de sus últimas palabras que se dieron a conocer: “El momento de la muerte es apasionante, y excitante. Algún día, cuando esté en libertad, sentiré ese momento de nuevo. Estaré encantado de volver a matar. Es mi misión”.


5. “El Mata-meretrices” — Agustín Salas del Valle.

País: México.

Responsable del asesinato de, por lo menos, 20 prostitutas a quienes descuartizó en Ciudad de México a lo largo de 1989 y 1993. Sus víctimas eran trabajadoras sexuales que contrataba y llevaba a hoteles donde las violaba y mataba usando cualquier objeto que encontrara en la habitación. Ocultaba los cuerpos sin vida bajo la cama, y solía dejar mensajes escritos en los muros o espejos del cuarto.

También es conocido como “Jack, el Estrangulador” mexicano.


6. “El Sátiro de San Isidro” — Francisco Antonio Laureana.

País: Argentina.

Violador y asesino en serie que se considera responsable de la muerte de 13 mujeres. Se cree que por lo general actuaba los días miércoles y jueves cerca de las 6:00 p.m. Estaba casado con una mujer que tenía tres hijos y a quien le decía antes de salir de la casa: “No saques a los pibes porque hay muchos degenerados sueltos”. Luego de abusar sexualmente de sus víctimas y asesinarlas, solía robarles una pequeña prenda o joya la cual guardaba dentro de una bota en su casa.

Fue asesinado en un encuentro policial, luego de que un testigo llamara a las autoridades reconociendo el parecido de su rostro con el anuncio que se ve en la foto.


7. “El Actor Asesino” — Ramiro Artieda.

País: Bolivia.

Criminal sexual que durante 1937 y 1939 fue el responsable de, al menos, ocho asesinatos de mujeres de 18 años con un enorme parecido físico entre ellas. Ramiro realizó estudios de actuación en Estados Unidos, ahí aprendió las técnicas que más tarde, al regresar a su país natal, le permitirían atraer a sus víctimas. Entre los personajes que creó en cada uno de sus homicidios se encuentran el de productor de cine, monje, profesor y vendedor. De esa forma, llevaba a las mujeres a sitios solitarios, abusaba sexualmente de ellas y las estrangulaba.

Cuando fue capturado por las autoridades, gracias a una víctima que pudo escapar, el asesinó confesó que su intención era matar a todas las jóvenes que tuviesen la edad y el parecido físico de una exnovia que lo abandonó. Fue sentenciado a pena de muerte el 3 de julio de 1939.


8. “Las Poquianchis” — 4 hermanas de la familia González Valenzuela.

País: México.

Las “Poquianchis” es el sobrenombre con el que se conoció a un grupo de asesinas en serie mexicanas culpables de la muerte de cientos de prostitutas entre 1945 y 1964 en Guanajuato. El grupo estaba conformado por cuatro hermanas dueñas de varios burdeles: la líder, Delfina González Valenzuela acompañada de María de Jesús, María del Carmen, y María Luisa. Mataron a más de 150 personas, mayormente trabajadoras sexuales, sus bebés y algunos de sus clientes.

Se les conoce como las asesinas en serie más prolíficas de la historia de México.


9. “El Apóstol de la Muerte” — Pedro Pablo Nakada Ludeña.

País: Perú.

Se trata de un enfermo mental que asesinó a 25 personas entre 2005 y 2006. Se dice que tiene un complejo de “ángel exterminador” ya que afirmaba querer limpiar al mundo al matar prostitutas, drogadictos, homosexuales y asaltantes. En 2010 fue sentenciado a un máximo de 35 años en prisión y en 2015 su hermano fue señalado como sospechoso de seis asesinatos ocurridos en Japón.


10. “El ángel de la muerte de Río de Janeiro” — Abraão José Bueno.

País: Brasil.

Es un enfermero y asesino en serie responsable de la muerte de varios niños. Mientras cuidaba de sus pacientes, en 2005, le inyectaba a los bebés una sobredosis de sedantes, causando que la respiración se les detuviera. Cuando esto pasaba, el hombre corría a pedir ayuda buscando quedar como un héroe ante sus compañeros de trabajo. Se cree que más de 15 infantes entre 1 y 10 años fueron sus víctimas.

Fue sentenciado a 110 años de prisión.


11. “El Coqueto” — César Armando Librado Legorreta.

País: México.

Se trató de un chófer y feminicida a quien se le atribuyen múltiples violaciones y asesinatos de mujeres entre 2011 y 2012. Su modus operandi consistía en ejercer su oficio como chófer de autobuses en horas de la madrugaba. En varias ocasiones fingía un problema con el vehículo y pedía el desalojo de todos los presentes menos de alguna mujer entre 17 y 34 años a quien le ofrecía llevarla a su casa si finalmente arreglaba la falla. A continuación violaba, mataba y arrojaba a sus víctimas al canal de Tlalnepantla.

Aunque luego de su arresto se escapó de la cárcel, fue apresado nuevamente y sentenciado a 240 años de prisión.


12. “El Dexter criollo” — Luis Gregorio Ramírez Maestre.

País: Colombia.

Responsable de más de 30 asesinatos en Tenerife, Colombia, durante el año 2012. Sus víctimas fueron mototaxistas, de no más de 60 kilos, con quienes entablaba una amistad para luego asesinarlos. Se trataba de un hombre aparentemente carismático, característica que lo ayudaba a ganarse la confianza de sus víctimas, a quienes asfixiaba antes de bajarse de la moto y ataba de un árbol hasta que muriesen ante sus ojos.


13. “El Vampiro de Niteroi” — Marcelo Costa de Andrade.

País: Brasil.

Se trató de un enfermo mental, pedófilo y fanático religioso acusado de haber violado y asesinado a golpes a 14 niños varones durante 1991. En su mente, la razón por las que les quitaba la vida era para ayudarlos “a ir al cielo”. Se afirma que también llegó a beber sangre de los infantes con la finalidad de “llegar a ser tan hermoso como ellos”.


14. “El Niño del Terror” — Juan Fernando Hermosa.

País: Ecuador.

Un adolescente pandillero que con tan solo 15 años de edad fue el responsable de alrededor de 22 asesinatos en 1992, mayoritariamente de taxistas y homosexuales. Fue atrapado por la policía, condenado a cuatro años de prisión, y a un mes de su liberación fue asesinado con un tiro en la cabeza.


15. "El Comegente" - Dorancel Vargas

País: Venezuela

José Dorángel Vargas Gómez (Caño Zancudo, 14 de mayo de 1957),[1] también llamado el Comegente, es un asesino en serie y antropófago venezolano. Vargas era un vagabundo que solía cazar a sus víctimas en el parque Doce de Febrero, en los alrededores del río Torbes de la ciudad de Táriba, en el estado Táchira, a 750 kilómetros de Caracas. Fue descubierto el 12 de febrero de 1999. Vargas fue el primer asesino en serie conocido de la historia de Venezuela, asesinando decenas de personas, aunque también se estima que pudieron ser 40.


Ricardo Caputo - El Asesino de Damas

Ricardo Silvio Caputo fue un asesino serial nacido en Mendoza argentina en 1946, quien asesino a varias mujeres en Estados Unidos y Mexico, llamado El Asesino de damas (Lady Killer) fue incluido en la lista del FBI de los mas buscados debido a que asesino a por lo menos 4 mujeres en territorio estadounidense, se mantuvo fugitivo 20 años hasta que se entrego a las autoridades norteamericanas en 1994. 

Con la coartada de que padecía una personalidad múltiple que lo había llevado a reprimir sus recuerdos durante cerca de 20 años, el 9 de marzo de 1994, el argentino Ricardo Silvio Caputo entró al Departamento de Policía del Estado de Nueva York (NYPD, siglas en inglés) y admitió el crimen de tres mujeres en Yonkers (N.Y.), en Ciudad de México y en San Francisco (California), en la década del 70. El rioplatense radicado en Estados Unidos había permanecido prófugo durante dos décadas usando nombres falsos y formando, incluso, dos nuevas familias. En 1971 ya había apuñalado a una mujer en Nueva York y había sido encerrado en una clínica mental de la que escapó para seguir con su serie de femicidios. 

En 1974, Ricardo Silvio Caputo, con 25 años, escapó del Centro Psiquiátrico Manhattan, un instituto estatal en Wards Island, en el que había sido internado tras ser declarado inimputable en un juicio luego de que asesinara a una mujer de Long Island, en 1971.

Ese fue su primer crimen. La víctima había sido Natalie Brown, una joven que trabajaba de cajera en un banco. Aunque planeaba casarse con ella, la asesinó a puñaladas con un cuchillo de cocina luego de una feroz pelea. Tras el crimen, llamó a la policía y simplemente dijo: "Acabo de matar a mi novia". Terminó internado. Y allí conoció a su segunda víctima: Judith Becker.

Tras escapar de la clínica mental, Caputo fue tras Becker. La mujer sabía su pasado de asesino, pero sin embargo, las redes de seducción le funcionaron con la joven e inexperta psicóloga, y se convirtieron en amantes.

El 21 de octubre de 1974, Judith Becker, de 26 años fue encontrada desnuda, brutalmente golpeada y estrangulada con una media de nailon en su cama del departamento de Yonkers en el que vivía.

Cuando salió a la luz que el brutal asesinato de Judy Becker era obra del argentino Caputo, los diarios sensacionalistas de Nueva York cargaron duro contra el gobierno por haber relajado demasiado el régimen de detención del hombre que desde entonces comenzaron a identificar como un «lady-killer» («asesino de mujeres»).

La policía se puso tras los pasos de Caputo. Pero el buscado se instaló en San Francisco: «Un sitio ideal para un prófugo: lleno de gente y sobre todo de turistas», escribió la biógrafa de Caputo, Linda Wolfe, en su libro Te amaré hasta matarte. En San Francisco, Caputo cambió radicalmente su fisonomía: se cortó el pelo, se afeitó el bigote y hasta aumentó de peso deliberadamente. En el mercado negro, se las rebuscó para conseguir papeles falsos y obtuvo la primera identificación falsa de las 17 que tendría en su vida: en 1974, Ricardo Caputo era un uruguayo llamado Ricardo Donoguier y llevaba una vida tranquila.

En San Francisco, Ricardo comenzó a trabajar como retratista de lápiz en la calle mientras vivía en un pequeño flophouse (lo que sería una pensión). Los turistas eran sus clientes pero cada tanto se las arreglaba para retratar a una mujer, no cobrarle nada y lograr que lo llevara a su casa y le pagara una comida decente.

En una de esas noches conoció a Barbara Taylor, a quien el escritor Hernán Iglesias definió como «una mujer grandota, linda, de ojos azules y pelo negro». La chica trabajaba como documentalista y después de un dibujo del mendocino comenzó una charla que derivaría en una relación sentimental.

En sus conversaciones -ya en calidad de preso- con la periodista Wolfe, el mendocino definió así su relación: «Barbara se enamoró rápidamente de mí. Me llevaba a su trabajo y a comidas con sus amigos. También me fui a vivir con ella y por las noches fumábamos marihuana».

Igualmente, las cosas no anduvieron bien y en la Navidad de 1974, Caputo se fue a vivir a Hawai con un dinero que le había dado su chica. En Honolulu consiguió trabajo de mesero mediodía. El resto de la jornada la dedicaba a seducir turistas y llevarlas hasta el departamento que alquilaba con un amigo.

En marzo de 1975 conoció a una chica viajera llamada Mary O’Neill a quien -de acuerdo con la reconstrucción criminal de la vida de Caputo- no llegó a matar de casualidad: «Cuando él (por Caputo) la estaba golpeando apareció el chico que compartía departamento y le pidió que parara. Mary agarró sus cosas y escapó corriendo. Un tiempo después se enteraría que estuvo a punto de ser asesinada por un matador serial de mujeres», escribieron en el diario Clarín en 1994.

Por esa situación, el mendocino tuvo que huir de Hawai. Tomó un avión y regresó a San Francisco. Lo primero que hizo fue llamar a Barbara desde el aeropuerto: «He vuelto, me quiero casar contigo», le dijo. La chica lo fue a buscar y lo llevó a su casa esa noche. Como ya estaba saliendo con otro hombre, la mujer le avisó a su actual pareja que no se podían ver porque había llegado uno de sus ex y se lo iba a sacar de encima.

Para la noche del Viernes Santo de 1976, Caputo ya era un novio despedido. Anduvo todo el día dando vueltas por la ciudad hasta que al atardecer volvió a la casa de Barbara: en su cabeza comenzaban a sonar las voces que pedían sangre.

Al día siguiente, la policía halló el cadáver desnudo de Bárbara en ese departamento: pocas veces habían visto algo así. De acuerdo con los forenses, Caputo terminó con su novia a golpes: «La cara de la chica estaba desfigurada; en sus muslos, brazos y manos se podían ver los hematomas hechos a partir de los golpes de una pierna que usaba las mismas botas de texanas que al sospechoso le había regalado su novia. En la nuca de la víctima los puntapiés fueron de tal magnitud que presentaba la piel abierta hasta el hueso», indicaron los detectives forenses.

Era 1975 cuando Caputo escapó a México

Allí, en 1977, volvió a matar. Su víctima fue Laura Gómez, una chica de 19 años, estudiante universitaria de familia rica y poderosa.

Días después de asesinar a la mexicana Laura Gómez, Caputo logró escapar de México y regresó a Estados Unidos. En una suerte de diario íntimo que el asesino le escribió al abogado Mario Lúquez en Mendoza cuando decidió entregarse en 1994 y que fue reproducido por el The New York Times, escribió lo siguiente: «No me acuerdo cómo crucé la frontera. Sentí que me había convertido en un fantasma».

Caputo estuvo cinco meses en Salt Lake City (capital del Estado de Utah) para después recalar en Los Ángeles donde trabajó como mesero en el restaurante Scadia. Allí conoció a Felicia Fernández, una cubana refugiada con la que se casó en 1979. En 1981 tuvo a su primer hijo y en abril de 1984, cuando su mujer tuvo a la nena, Caputo desapareció. Su mujer también: nunca más la hallaron y muchos piensan que el mendocino la mató aunque él jamás confesó ese crimen.

Ese año, Ricardo volvió a México con el nombre falso de Roberto Domínguez. Se instaló en la ciudad de Guadalajara donde consiguió un empleo como profesor de inglés. Entre sus alumnas estaba Susana Elizalde, una adolescente que acababa de ganar un concurso de belleza y uno de los premios era, justamente, el curso de inglés.

Caputo tenía entonces 36 años y Susana 17: se enamoraron y en 1984 se casaron y se mudaron a Chicago. Allí el mendocino -bajo la identidad de Francisco Porras- volvió a trabajar de mesero. Entre 1984 y 1994, Caputo tuvo cuatro hijos con Susana. Entre 1974 y 1994 jamás habló con su hermano Alberto ni con su madre.

El matrimonio con Susana fue, según las palabras del mismo Caputo, la mejor época de su vida. Los últimos años los pasaron en Guadalajara -en Chicago se había quedado sin trabajo- y su mujer -mientras duró la pareja- nunca supo que su esposo y el padre de sus cuatro hijos era en realidad un asesino serial de chicas: «La verdad es que no tengo nada malo que decir: siempre fue un excelente padre y esposo. Nunca sospeché de él», le contó a la escritora Linda Wolfe.

La mañana del 16 de enero de 1994, después de un confuso episodio (algunos historiadores y periódicos indican que a Caputo lo quisieron secuestrar en el DF y otros que escapaba de la policía mexicana), el mendocino regresó a su tierra. Se comunicó con su madre y, después de confesarle los cuatro crímenes, le pidió ayuda para entregarse.

«He vuelto a escuchar las voces que me piden que mate, mamá». Su madre lo conectó con el abogado Lúquez y con el psiquiatra Linares. Lúquez dijo al diario Los Andes que Caputo era «cultísimo, muy sereno, casi un gentleman». Al psiquiatra, el mendocino le contó que no recordaba con nitidez sus crímenes cometidos veinte años atrás pero que tenía miedo de reincidir, que por eso quería entregarse. «Prefiero tener el cuerpo encerrado y mi cabeza libre que vivir en libertad pero con mi cabeza presa», soltó.

Lúquez conectó a Caputo con un colega de Nueva York llamado Michael Kennedy (abogado de Ivana Trump y vocero de los sandinistas de Nicaragua en Estados Unidos) y acordaron que el mendocino se entregaría por su propia voluntad el miércoles 9 de marzo de 1994. Kennedy necesitaba de unos días para vender por TV la entrega de su cliente. Y eso hizo: cuando Caputo llegó a Nueva York, antes de ser apresado pasó por un estudio de TV de la cadena ABC donde un periodista habló con él en una entrevista exclusiva que se pautó en unos cien mil dólares.

En la nota de la revista Gatopardo se reprodujo la conversación para el programa de televisión Primetime Life:

– ¿Mató usted a Natalie Brown? – preguntó el periodista que se llamaba Chris Wallace.

– Sí, señor – respondió Caputo

– ¿Mató a Judith Becker?

– Sí, señor.

– ¿Mató a Bárbara Taylor?

– Sí, señor.

– ¿Mató a Laura Gómez?

– Sí, señor.

– ¿Por qué las mató?

– Creo que fue por mi niñez.

– ¿Recuerda el día que mató a Natalie Brown?

– Sí, me acuerdo que fue un sábado. Agarré un cuchillo, pero no sabía lo que iba a hacer. La oía gritar y la veía borrosamente. Veía líneas blancas, rojas y azules y muchos puntos. Había puntos por todos lados.

– ¿Era consciente de que la estaba acuchillando?

– No. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía qué estaba haciendo.

– ¿Sabe por qué mató a Judith Becker?

– No, estaba mentalmente enfermo.

– Hay mucha gente que piensa que usted es un asesino frío.

– No, señor. ¿Por qué habría de matarlas? ¿Para qué? No tendría sentido. Sólo estando loco podría haber hecho esto.

– ¿Cuál era su nombre cuando estaba con Laura Gómez?

– Ricardo Martínez.

– ¿Sabía que ella estaba embarazada?

– No. ¿Estaba embarazada? No…

Durante días, Caputo fue el tema del momento en los medios americanos. El diario The New York Times mandó enviados especiales a Mendoza para reconstruir la vida del «Lady-killer»; o «El asesino serial más buscado de los últimos 20 años», tal como lo definían.

En el juicio oral, Caputo repitió ante los jueces lo que había dicho ante las cámaras de televisión: se hizo cargo de los crímenes de Judy Becker y Bárbara Taylor (el de Brown ya lo había confesado en 1971) ocurridos en Estados Unidos y el de Laura Gómez, ocurrido en México. Nunca se hizo cargo de las muertes de otras dos mujeres (la escritora Jackie Bernard y la mesera Devon Grenn, ocurridas en la década del 80), ni de la desaparición de su primera esposa, Felicia Fernández.

El último día del debate, después de los alegatos del abogado Kennedy, el juez dio la palabra a Caputo, quien aceptó hablar y en su perfecto inglés soltó: «Me entregué a las autoridades, su señoría, para evitar más muertes. Quiero decir a los familiares de las víctimas que estoy muy arrepentido de lo que hice. Estaba enfermo y espero que ahora, en la cárcel, pueda curarme».

La sentencia fue a 25 años de prisión y lo enviaron a la cárcel de Attica, muy cerca de la frontera con Canadá y las Cataratas del Niágara. En esa penitenciaría Caputo experimentó una leve mejoría: de a poco le sacaron las medicaciones y comenzó a integrarse con los demás presos a los que les enseñaba español; también reparaba televisores y se anotó en el campeonato de básquet para presidiarios. Su esposa Susana volvió a Guadalajara junto con sus cuatro hijos y se sabe que nunca dejó de escribirle. Su hermano Alberto lo visitaba cada vez que podía.

En octubre de 1997 murió en prisión, cuando a los 48 años sufrió un ataque cardíaco mientras jugaba al básquet en una cárcel yankee.

LATIN LOVER. En el libro "Ámame hasta la muerte. Memorias de una periodista en la caza del asesino de su amiga (Love me to death...)", la periodista neoyorquina Linda Wolfe relata la búsqueda del asesino de Jacqui Bernard, asesinada en Nueva York en el verano de 1983 (ver aparte).

En su relato, Wolfe explica que las víctimas de Caputo eran "mujeres atractivas, realizadas, inteligentes: una trabajaba en un banco, otra era psicoanalista, otra editora de cine, otra una estudiante universitaria". Las conocía en sus trabajos o en bares y las seducía con su aspecto atractivo, su sonrisa amistosa, con su talento artístico y las historias divertidas de su infancia en Argentina. Incluso lograba que las mujeres le tuvieran pena: les decía que había perdido aquella vida feliz tras verse obligado a emigrar a Estados Unidos, donde se había convertido en un "latino" más, con problemas para obtener la visa y verse obligado a vivir escondido de la policía de inmigración y a emplearse en trabajos que no tenían en cuenta sus habilidades artísticas.

Por decisión de su hermano Alberto, el cuerpo del lady-killer más famoso de la historia criminal de Estados Unidos fue cremado. Sus cenizas se dividieron en tres cofres: uno está en la casa de Alberto, en Nueva York; otro en la de su última esposa, en Guadalajara y el tercero acá en Mendoza, en la casa de la calle Jujuy, de la Cuarta Sección

ORIGEN DEL TÉRMINO

Una de las razones de por que la gente tiende a pensar que el asesinato en serie es un fenómeno nuevo es que, hasta hace unos veinte años, nadie habia oído hablar de tal cosa. Durante la mayor parte del siglo XX, los medios de comunicación nunca se refirieron a los asesinos en serie. Pero eso no es porque los psicópatas homicidas no existían en el pasado. De hecho, uno de los asesinos en serie americanos más famosos de todos los tiempos, Albert Fish, cometió sus atrocidades en la época de la Gran Depresión. Después de su detención, sus crímenes incalificables fueron cubiertos ampliamente por los periódicos. En ninguna parte, sin embargo, Fish fue descrito como un asesino en serie. La razón es simple. La frase no se había inventado todavía. En aquel entonces, el tipo de delito que ahora se define como el asesinato en serie fue simplemente agrupado bajo la rúbrica general de "asesinato en masa." El crédito por acuñar la frase "asesino en serie" se le atribuye a él ex agente especial del FBI Robert Ressler, uno de las miembros fundadores de la Unidad de Ciencias del Comportamiento (también conocidos como los "Mindhunters" o la "psique Squad"). Junto con su colega John Douglas, Ressler sirvió como modelo para el personaje de Jack Crawford en la trilogía de Hannibal Lecter de Thomas Harris. En sus memorias de 1992 El que lucha contra monstruos, Ressler escribe que, a principios de 1970, al asistir a una conferencia de una semana de duración en la academia de la policía británica, escucho a un compañero participante referirse a "los crímenes en serie", que significa "una serie de violaciones, robos , incendios provocados, o asesinatos. "Ressler quedó tan impresionado por la frase que, al volver a Quantico, empezó a usar el término" asesino en serie y "en sus propias conferencias para describir" a los que cometían un asesinato, luego otro y otro de una manera bastante repetitiva ".
Al pensar en el plazo, Ressler dice que tuvo en cuenta las series de aventuras de matiné de su infancia: Spy Smasher, Flash Gordon, The Masked Marvel, etc. Al igual que un niño que ansia el próximo capítulo de su serie favorita, el asesino en serie no puede esperar a cometer su siguiente atrocidad. Esa es la versión de Ressler de cómo llegó a inventar la frase que se ha convertido en una parte tan vital de nuestro idioma. Sólo hay un problema con la historia. Hay pruebas documentadas de que la expresión "asesino en serie" existía al menos una docena de años antes de que Ressler supuestamente la inventó. Según Jesse Sheidlower, editor de la nueva e importante revisión del Diccionario Oxford de Inglés, el término se puede remontar más atrás hasta 1961, donde aparece en una cita del Tercer Nuevo Diccionario Internacional de Merriam-Webster. La cita, que se atribuye al crítico alemán Siegfried Kracauer: [Él] niega que él es el asesino en serie que se persigue. -Es el primer uso del término documentado "asesino en serie", tal como aparece en el Tercer Nuevo Diccionario Internacional de Merriam-Webster de 1961. A mediados de la década de 1960, el término "asesino en serie" se había convertido en bastante común, al menos en el extranjero, fue utilizado en varias ocasiones, en el libro de 1966 el significado de asesinato por el escritor británico John Brophy.  Es posible que, durante su visita a Inglaterra (donde el libro de Brophy fue publicado originalmente), Ressler recogió el término, tal vez de manera subliminal. "En cualquier caso, realmente se le atribuye haber acuñado la expresión, Ressler sin duda ayudó a introducirla en la cultura americana. Sorprendentemente, no entró en uso común hasta hace muy poco. 

DEFINICIONES 
ya que el término "asesino en serie" se inventó para describir un tipo específico, uno pensaría que la definición sería clara. Sin embargo, la confusión rodea el término. Incluso los expertos no se ponen de acuerdo.
Iniciemos con la definición oficial del FBI: Tres o más eventos separados en tres o más lugares separados con un período de reflexión emocional entre los homicidios. Esta definición hace hincapié en tres elementos: 1. Cantidad. Tiene que haber al menos tres asesinatos. 2. Ubicación. Los asesinatos tienen que ocurrir en diferentes lugares. 3. Tiempo. Tiene que haber un "período de reflexión" -un intervalo entre los asesinatos que pueden durar desde varias horas hasta varios años. Las dos últimas características están destinadas a diferenciar el asesinato en serie de asesinatos en masa, en el que un suicida, individuo lleno de rabia mata a un montón de personas a la vez: un empleado descontento, por ejemplo, que se presenta en su oficina con un arma automática y dispara a corta distancia hacia media docena de compañeros de trabajo antes de dispararse a sí mismo. Hay varios problemas con la definición del FBI. En cierto sentido, es demasiado amplio, ya que se puede aplicar a tipos homicidas que no son asesinos en serie: profesionales sicarios, por ejemplo, o forajidos como William "Billy The Kid" Bonney, que se dice abatio a tiros a veintiún hombres antes de llegar a la edad de veintiún años. Personajes como el "Unabomber" Ted Kaczynski también cumple con los criterios del FBI. Pero ninguno de estos tipos coincide con la concepción común de un asesino en serie. En otro aspecto, la definición del FBI es demasiado estrecha, ya que especifica que un asesino en serie tiene que cometer sus crímenes "en tres o más lugares separados." Y es sabido que, algunos asesinos en serie se extienden a lo largo y ancho en búsqueda de su presa. Ted Bundy, por ejemplo, mató a las mujeres en varios estados diferentes. Otros, sin embargo, prefieren hacer su trabajo sucio en un solo lugar. John Wayne Gacy, por ejemplo, convirtió el sótano de su suburbana residencia de dos niveles en una cámara de tortura privada. El principal defecto en la definición del FBI, sin embargo, es lo que falta de ella, a saber, no da sentido a la naturaleza específica de los crímenes. Cuando Siegfried Kracauer utilizó por primera vez el término "asesino en serie", cuando estaba describiendo el personaje interpretado por Peter Lorre en el clásico de la película de Fritz Lang,  un repulsivo, con cara de luna pervertido que se alimenta de las niñas. Unos años más tarde, John Brophy la utilizó para describir asesinos como Jack el Destripador y a Earle Leonard Nelson, el famoso "Asesino del gorila" de la década de 1920 que estranguló y violó a varias docenas de mujeres en los Estados Unidos y hasta en Canadá. Y cuando Robert Ressler y sus colegas de la Unidad de Ciencias del Comportamiento adoptaron el término en la década de 1970, se aplico a los psicópatas homicidas como Ted Bundy, John Wayne Gacy, y Edmund Kemper. En todos estos casos, había un hilo común: un fuerte componente de la sexualidad depravada. Reconociendo este hecho, algunos expertos hacen hincapié en las motivaciones sexuales tras el asesinato en serie, lo define como el acto de desviados ultraviolentos, que reciben el retorcido placer de infligir daño extremo en sus víctimas y que no dejarán de cometer sus atrocidades hasta que sean detenidos. Por supuesto, hay criminales que coinciden con este perfil, pero que no pueden ser considerados asesinos en serie por una sencilla razón: son capturados después de cometer un solo homicidio. Un ejemplo es James Lawson, que se describe en el libro El mal que hacen los hombres por Stephen Michaud y el ex agente especial del FBI Roy Hazelwood (otro miembro del equipo original de Mind Hunter del FBI). 
Un violador convicto, Lawson fue enviado a una institución mental del estado de California, donde trabó amistad con un compañero de prisión, James Odom. Los dos hombres comenzaron a compartir sus fantasías de violación y asesinato, ambos fomentaron los impulsos más enfermos de cada uno y formaron un enlace basado en su depravación mutua. Tan pronto como pudieron se lanzaron decididos a poner sus sueños en acción. Secuestraron a una empleada de una tienda de conveniencia, una mujer de veinticinco años de edad, y la llevaron a un lugar aislado. En primer lugar Odom la violó en el asiento trasero, mientras observaba Lawson. A continuación, Lawson procedió a lastimarla con un cuchillo. Yo quería cortar su cuerpo para que no se vería como una persona, y destruirla para que no existiría. Empecé a cortar en su cuerpo. Recuerdo cortar los pechos. Después de esto, todo lo que recuerdo es que hice varios cortes en su cuerpo. -declaraciones de James Lawson. Afortunadamente , los dos hombres fueron identificados y detenidos en un corto plazo. Sin embargo, el caso de Lawson plantea una cuestión interesante. No hay duda de que tenía la mentalidad de un asesino en serie; su confesión es brutalmente clara. Cuántas mujeres habría tenido que descuartizar antes de calificar para esa etiqueta? "Tres o más", según la definición del FBI. Sin embargo, ese número parece arbitrario. Supongamos que, en el lapso de varias semanas, la policía en una pequeña ciudad de California había encontrado los restos de dos mujeres, muertas y mutilados de la misma manera. no tendrían suficiente justificación para estar en la sospecha de que un asesino en serie estaba suelto? Estas fallas en la definición del FBI se rectifican en otro, uno más flexible formulado por el Instituto Nacional de Justicia, que muchas autoridades consideran como una descripción más precisa: Una serie de dos o más asesinatos, cometidos como eventos separados, por lo general, pero no siempre, por un delincuente que actúan solos. Los crímenes pueden ocurrir durante un período de tiempo que va desde horas hasta años. Muy a menudo el motivo es psicológico, y la conducta del delincuente y la evidencia física observada en las escenas del crimen reflejará connotaciones sádicas, sexuales. 

INTRODUCCION

Hay personas que realmente creen que los asesinos en serie son un fenómeno estrictamente contemporáneo, un síntoma de algo terriblemente mal en el tejido moral de la sociedad moderna, intensa fascinación del público con el crimen sensacional. Asimismo, se ha visto como una deprimente prueba de nuestra supuesta decadencia cultural. Puesto que el propósito de este blog es proporcionar la información más precisa sobre el tema de los asesinos en serie, vamos a empezar por considerar un par de imágenes que deberían ayudar a corregir estos errores comunes. 
La primera, muestra a ladrón de niños que acaba decapitando a su víctima después de agredirla en el bosque. La imagen proviene de una publicación del siglo XIX llamado el Illustrated Police News de Londres. Al igual que los tabloides de supermercado de hoy en día, este periódico semanal público historias de todo tipo de fenómenos extraños, desde apariciones fantasmales hasta los encuentros con monstruos marinos. Su verdadera especialidad, sin embargo, fueron los espeluznantes relatos de la vida real, el crimen de verdaderos asesinatos atroces, acompañados de ilustraciones gráficas. En gran parte debido a su énfasis en la sangre derramada, la Policía tuvo las noticias ilustradas de mayor circulación que cualquier otra publicación en la Inglaterra victoriana. 

La segunda imagen, a continuación, es por el famoso artista mexicano José Guadalupe Posada (1852-1913). 
muestra un maníaco homicida llamado Francisco Guerrero, el "cortador de gargantas de las mujeres," cometiendo una atrocidad a una víctima sin nombre en 1887. Esta ilustración fue una de las miles que Posada produjo para la reproducción en masa en forma de "periódicos -uno de publicaciones de noticias sensacionales, la gran mayoría de los cuales tratan de crímenes violentos sorprendentemente. Aunque Posada con el tiempo fuera reconocido como un artista importante, ni su ilustración, ni el peridico de las noticias ilustradas estaba destinado a ser considerado como arte. Fueron creados estrictamente para fines comerciales: a vender periódicos, apelando al gusto del público por el morbo y el horror espantoso. Ciertamente, no se suponia que debian ser educativos de ninguna manera. Sin embargo, hay varias lecciones que podemos extraer de ellos: Los asesinos en serie siempre han existido. Ellos simplemente no fueron llamados asesinos en serie en los viejos tiempos. Antes, cuando estas dos imágenes fueron publicadas por primera vez, por ejemplo, los periódicos describían a menudo este tipo de delincuentes en términos sobrenaturales: "monstruos sedientos de sangre" o "demonios en forma humana." Además de los legendarios que todo el mundo ha oído hablar, como Jack el Destripador, hay muchos asesinos en serie que, por cualquier razón, no llegan a alcanzar notoriedad duradera. Muchos de ellos, sin embargo, cometieron delitos tan horribles como los perpetrados por los asesinos más infames. Los asesinos en serie no se limitan a los Estados Unidos. Se pueden encontrar en Inglaterra, en México, de hecho, en todo el mundo. No hay nada nuevo acerca del interés en el asesinato en serie. La gente siempre ha estado fascinado por ese tema. Ellos quieren hasta el último detalle macabro, preferiblemente con imágenes que los acompañen. Hoy en día usted puede disponer de canales de noticias y documentales de 24 horas para satisfacer esa necesidad. Hace cien años, cuando la impresión barata producida en serie aún no era desarrollada, no existían los tabloides ilustrados. Sólo la tecnología ha cambiado. El apetito del público por las historias de crímenes reales sensacionales se ha mantenido exactamente igual. Este punto final ofrece más elementos de reflexión. Teniendo en cuenta cuán profundamente inquietante es el tema del asesinato en serie, es legítimo preguntarse por qué siempre ha poseído tal atractivo popular. ¿Por qué tanta gente quiere ver imágenes, escuchar historias, y leer libros acerca de tales asuntos morbosos? Una pista de este misterio es sugerido por la gran poeta estadounidense del siglo XIX Emily Dickinson. A pesar de la imagen popular de la "Belle of Amherst" de una solterona victoriana, Dickinson fue, de hecho, una persona inflexible con un gusto por el sensacionalismo de los periódicos (en una de sus cartas, ella confiesa su afición por las historias sobre fatales descarrilamientos y accidentes de fábrica donde "hombres se cortaban sus cabezas"). Uno de los poemas más memorables de Dickinson, trata con el hecho de que todo el mundo, incluso la persona más respetuosa de la ley, posee una cara oculta que está fascinada con lo prohibido. Dickinson se refiere a la parte de la personalidad humana que los psicólogos llaman "la sombra": el brutal Mr. Hyde que se esconde debajo del barniz adecuado de nuestro ser civilizado y que ama soñar con todo tipo de experiencias tabú. Por supuesto, decir que todos tenemos un lado oscuro que se revela en fantasías sin ley, no significa que todo el mundo es un asesino en serie potencial. Hay un mundo de diferencia entre el pensamiento y la acción, entre el soñar y el hacer. De hecho, una de las características distintivas de los asesinos en serie es precisamente su disposición a pasar por encima de esa línea y convertir sus fantasías retorcidas en una realidad de pesadilla. Platón enfatizo este punto hace varios miles de años, cuando escribió: "El hombre virtuoso se conforma con soñar lo que realmente hace el hombre malo." Los hechos cometidos por esas personas sumamente malvadas llamadas asesinos en serie y los sueños oscuros son el tema de este blog.